viernes, 24 de septiembre de 2010

La emboscada del Rayo


La tenue llovizna caía sin interrupción alguna sobre las solitarias calles zapopanas de Zoquipan. Hacía media hora que había pasado por última vez la camioneta de la policía municipal y no debía tardar en pasar de nuevo. A excepción de la patrulla no había pasado ningún otro vehículo. Rondaban las cuatro de la mañana y era la hora ideal para desarrollar el plan. Con suerte los dos polis andarían adormilados, era el final de su turno de 24 horas.

Desde la azotea de la esquina el Chamaco vigila ambos sentidos de la calle, dará el pitazo por radio cuando vea la patrulla acercarse.

El Partner atravesaría la vieja carcancha en la calle, la dejaría encendida, con las puertas abiertas y la música a todo volumen para después meterse en chinga en una de las casas con las luces apagadas para obligar a que los dos oficiales se detengan y bajen a revisar.

En las cajas de otras dos camionetas estacionadas estaban el Profe, Cristian, el Morro y el Compa. Ellos los emboscarían.

Todos ellos vestidos de negro y con máscaras del Rayo de Jalisco haciendo juego, claro está.

Si llegan a oprimir el botón de pánico los muy nenas se jode el asunto.

A las cuatro y cuarto el Chamaco desde la azotea mandó una señal de radio, la convenida para cuando viera acercarse a la patrulla. El Partner encendió el carro y lo atravesó en la calle. La nueva señal emitida por el vigía le indicó que estaba todo en tiempo. Encendió el estéreo y se bajó corriendo, se metió por una de las puertas y esperó. Todo esto mientras cada uno de los otros cuatro se metía en su respectivo escondite.

La patrulla cruzó por la esquina a mediana velocidad y todo parecía indicar que pasaría de largo pero las luces del carro atravesado y el ruido hicieron que se alcanzara a detener, poner reversa para entrar y acercarse. A unos metros los dos polis se bajaron de la patrulla. Todos los escondidos los escucharon reportar por radio su posición aunque no parecían haber pedido apoyo. Era ahora o nunca.

Cristian era el más rápido y silencioso de todos. Se acercó por atrás al conductor de la patrulla y le soltó un golpe en la nuca con una piedra de castilla que tenía en la mano. La llovizna y la música ahogaron el ruido sordo que produjo su cabeza ante el impacto. Casi simultáneamente el Compa se plantó frente al otro oficial bate en mano y le dió un golpe de culata bastante violento. Ninguno de los dos alcanzó a reaccionar.

Acto seguido el Partner salió de su escondite, subió de nuevo al carro y partió con rumbo desconocido a ocultarlo mientras el Profe y el Morro arrastraban al primer poli hacia un cercano poste de electricidad. Cristian y el Compa hacían lo propio con el segundo. Después de comprobar que ambos polis seguían vivos procedieron a desarmarlos y a desvestirlos. Ropa y equipo fueron a dar a una bolsa negra. Los esposaron juntos y de espaldas al poste para después pintarles con aerosol la palabra VIOLÍN en la panza a cada uno. Hicieron lo mismo en los cristales de la patrulla.

Finalizaron tomándoles unas fotos antes de desaparecer.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Carne de Cañón II - Subir peldaños


El Calibos era uno más de los muchos compañeros de prepa que trataban de sobresalir del montón. Parecía que simplemente se daba a notar como muchos en esa edad que piensan que las maledicencias acerca de uno son mil veces mejor que el silencio. Bien o mal, pero que hablen de mí. Sus protuberantes cejas y su fealdad en general fueron los que le dieron apodo. No le gustaba, pero desde hacía dos años, cuando entró a la escuela aprendió que en cuestión de apodos es mejor soportar estoicamente la carrilla para que pronto deje de afectar al estado de ánimo. Trató de combatir esa molestia ejerciendo un cordial sentido del humor y usándose a sí mismo como objeto de burla para amenizar el rato. Pensaba que eso le daba autoridad moral para burlarse de los demás también. Además se dio cuenta de que resultaba más conocido por su apodo que por su nombre. Eran en verdad pocos los que sabían que Martín Caballero era alguien en esa escuela o en cualquier lado. Con el santo homónimo desde luego que no lo confundían. Sin embargo casi todos habían oído hablar acerca del Calibos, aunque sea de rebote. Sin embargo no fue solamente el sentido del humor o la conveniencia lo que le permitió tolerarlo, sino también el desquite. Pronto, muchos aprendieron que si le iban a llamar Calibos, sería con respeto, o con miedo, que no es lo mismo pero es igual.

No faltaba a ninguna fiesta, si no había sido invitado buscaba el modo de colarse y actuaba como si fuera Peter Sellers en La Fiesta Inolvidable, llegaba primero y se retiraba siempre al final, buscaba convivir con los anfitriones y saludar a todos los asistentes. Hasta ayudaba a limpiar el desorden que quedaba siempre al final. En la escuela, siempre estaba recorriendo los patios saludando aquí y allá, asomándose a las aulas y adulando a los profesores cuando los interrumpía para sacar de clase a algún compañero. Creo que yo no era el único que tenía dudas y una que otra certeza sobre la calidad como estudiante del susodicho. Después de todo ¿Qué no se viene a la escuela a clases? Si él se la pasa en los pasillos, en las canchas o celebrando conciliábulos en la cafetería de la escuela con su séquito de allegados, entonces ¿a qué horas estudiaba? En tercer semestre me tocó coincidir con él, por así decirlo. Al parecer la ciencia química no era su fuerte y su encanto no fue suficiente para granjear el favor del profesor en turno, de modo que tuvo que repetir esa materia en mi grupo. Por lo menos administrativamente, así se supone que debieron de haber sido las cosas pues no recuerdo haberlo visto en clases. Una maestra alguna vez nos dijo que él iba a llegar a ser alguien, simplemente porque a ella le gustó el detalle de que fue el único que no se negó a barrer la escuela cuando se lo solicitaron en la materia de Desarrollo de la comunidad. Supongo que tenía razón, eso habla bien de cualquiera, más no comprendo el porqué esa simple disposición lo convertía ante los ojos de algunos maestros en un buen estudiante. “A mí, mi mamá me enseñó a ser bien hombre, pero también me enseñó a no ser un bueno para nada”, argumentaba defensivamente cuando sus compinches le hacían burla por ponerse a barrer.

Todos conocían al Calibos. Por lo menos de vista.

Por eso no fue extraño encontrar su nombre en medio de la parafernalia proselitista que se suscitó para las elecciones para presidente del comité estudiantil de la Vocacional. Desde luego que su popularidad ayudaba a su causa, por no hablar del sinfín de relaciones que había sembrado en esos meses de bachillerato y que se disponía a cosechar muy próximamente. Eran los tiempos en los que la Voca se encontraba en la esquina de Boulevard García Barragán y la Olímpica. Eran los últimos meses de la década gris de los 80s.

El día de las elecciones tuvo un extenso preámbulo de festejos públicos amenizados con Eclipse Show, que era la banda versátil que rifaba entre la comunidad estudiantil en esos años. Por lo menos una vez a la semana durante un mes encontrábamos la prepa cubierta con lonas y ambiente festivo. Repartición de panfletos, volantes, botones, refrescos (producto de los bajes), botanas y condones. También festejos privados, amenizados también con gran banda musical, las edecanes de la misma incluidas y repartición de más cervezas, vinos y refrescos (también producto de los bajes), más botanas, más tabacos, más mota y más condones, aunque con menos invitados, desde luego.

A estos festejos podemos añadirle una que otra golpiza propinada a no pocos simpatizantes de la contra que hayan tenido el atrevimiento de cruzarse en el camino. Esto es fácilmente constatable pues todo el turno matutino pudimos ser testigos de cuando sacaron en estado lamentable al pobre fulano que cayó en garras de la planilla en los baños del módulo C. La maquinaria electoral de la Planilla Naranja (del Calibos) se encargó de difundir el rumor de que dicho sujeto había ingresado al plantel, pistola en mano, con el fin de provocar el desorden y quién sabe qué otras negras intenciones. La vieja estrategia, ellos los malos, nosotros los buenos. Sombreros blancos contra sombreros negros. La versión oficial, sin embargo, fue que el sujeto actuó solo, por la libre, aunque de su nombre ni nos enteramos.

Ninguno de los grupos que conformaban el plantel quedó exento de la visita de rigor de la planilla completa. Tras pedir permiso al profesor en turno (¿podía negarse?) el Calibos y compañía procedían a largarnos sin piedad alguna su plan de trabajo en el que se dejaban escuchar frases como libre asociación, derechos estudiantiles y demás demagogia con la misma energía que cualquier lidercito sindical utiliza para derramar su verborrea. Tal y como si las autoridades universitarias fueran un tirano a vencer y los estudiantes las pobre víctimas del sistema y el, por supuesto, el salvador de las masas cuyo hipotético triunfo garantizaría mejores condiciones (¿estudiábamos en malas condiciones?) para los pobres estudiantes. Hoy después de todos estos años me pregunto si tal teatro era en verdad necesario. El voto de la gran mayoría de los estudiantes estaba decidido más por simpatía o cohecho que por pleno convencimiento ideológico de los mismos. De modo que en realidad bastaba con caerles bien a los votantes, ser su amigo, o por lo menos amigo de sus amigos y en el último de los casos, conocido. Cualquiera que de algún modo se haya relacionado en algún momento con el Calibos podía jactarse de ello. Luego el discurso político no importaba con el estudiantado. Sin embargo había que llevarlo a cabo pues no había que olvidar que ese mismo discurso político sí importaba arriba, donde los enjuagues adecuados lo habían puesto en ese sitio.

El día de la elección llegó y la visible mayoría de los estudiantes estábamos presentes en la escuela para votar. Por lo menos ese era el pretexto pues el mismo ambiente festivo que había imperado todo el mes estuvo presente aunque en una magnitud mucho más elevada que en cualquiera de los días previos. La gente de la Facultad de Ingeniería, las Áreas Industriales, Administrativas y la Facultad de Ciencias Químicas se dejaba venir a la prepa cada vez que olfateaban tertulia, de modo que ahí estaban engrosando la masa asistente. Y ahí estaba el Calibos derramando estilo y jugando a ser tapete de entrada con todos los asistentes. Combinando una actitud servil y a la vez prepotente en una mezcla que para muchos podría parecer extraña pero que en realidad es el uniforme oficial de trabajo para cualquier ente que detente un poco de poder que se respete. Pase por aquí mi amigo, mire que yo no le fallo compadre, cuento con usted hermano. Hoy en día en no pocas ocasiones agradezco a la vida el pasar desapercibido en la mayoría de eventos de tal clase. Para mí y mis amigos era más importante hacer acto de presencia, que vean que fuimos y después darnos a la fuga a jugar básquet, a desayunar, a las maquinitas o alguna pequeña escapada con la novia en turno a donde el mundo no estorbara. Ya nos enteraríamos después acerca de quien ganó la elección. Qué más da. A muchos, tan dudosa conciencia electoral los acompañaría toda la vida.

Desde luego, el Calibos era el seguro ganador. Eso desde antes era bien sabido. Muchos no lo sabían, por lo menos no en teoría, pero el era lo que se dice, un oficialista, es decir, el era el candidato oficial, el que había sido ungido por el dedo del big brother para suceder en ese pequeño coto de poder.

Creo que la única diferencia palpable que los estudiantes notamos el día en que el Calibos comenzó a ejercer su gestión fue en el clima, y esto desde luego, no tenía absolutamente nada que ver con el tipo en cuestión. Todo seguía igual que antes y las tiránicas y déspotas autoridades escolares seguían despachando donde mismo y en la oficina donde estaba instalado el comité, el número de personas simplemente se había incrementado pues a los que ya existían solamente se habían sumado los porros personales del Calibos.

Sin embargo, creo que mentiría en realidad si sostengo esta afirmación de que no hubo cambios. La verdad es que sí los hubo pues el mismo Calibos dejó de ser el personaje amistoso, como Gasparín, que hasta antes de la elección había sido para dar paso a su recién descubierta y estrenada personalidad prepotente que viene con cada cargo de autoridad. Aunque de esto solo se dieron cuenta los que ingenuamente habían esperado una sincera amistad por parte de él. Además dejó de llegar caminando a la escuela para comenzar a hacerlo en una motoneta de lujo cuando había pasado tan solo un mes de iniciado su período de gestión. A los seis meses la motoneta visiblemente deteriorada se convirtió en un Ford Cougar del 88.

Pienso que aquellos estudiantes con un poco de seso en el cráneo se dedicaron todo ese mes a estudiar y prepararse para sus exámenes en lugar de participar de tal teatro.

Las ganancias del negocio político están calculadas en base al volumen, a la masa. La diferencia radica en el entorno y la realidad es que en el entorno preparatoriano dicho volumen, sin importar si estudia o no, si se cuadra o no, es el que hace que el sistema funcione, el que hace que el dinero circule. Hace algunos años yo llegué a preguntarme en qué podía consistir la ganancia del Calibos, se supone que el ser presidente de una escuela preparatoria es un cargo honorario, es decir, no se cobra por ejercerlo. Luego entonces ¿por qué gastarse en lograr hacerse con ese cargo? Después de todo se invirtió dinero en organizar las pachangas, se jugó el físico con la contra aunque de esto poco se sabe y por si fuera poco, tuvo que pasar por encima de no pocos cristianos para conseguirlo. Perder la vergüenza y los escrúpulos. ¿Qué lo vale? Tal vez la enorme cantidad de estudiantes que todos los días consumen alimentos en los puestos de comida a los que el Calibos les cobraba cuota de protección o de uso de espacio; o tal vez la aún más enorme cantidad de aspirantes que semestre tras semestre intentaban ingresar a la escuela y que estaban dispuestos a pagar por un lugar. O quizás el poder mover a una gran cantidad de estudiantes (que dicho sea de paso, se sienten muy radicales y revolucionarios pero que no son más que vil carne de cañón) arengados hacia un mitin para pedir más presupuesto para la Universidad o pedir la destitución de algún maestro. En fin, estas y muchas otras razones tal vez alcancen para que cualquiera quiera ser presidente de una prepa. Cualquiera podría desear serlo pero no cualquiera es elegible para ser candidato. Es necesario demostrar que ese cualquiera reportará ganancias a sus patrocinadores que buscan continuar controlando desde un poco más arriba el puesto que dejan y desde luego que no delegarán dicha tarea en cualquier pelagatos. Se debe ser inteligente o en su defecto, mañoso, se debe de tener carisma indudablemente y ser totalmente cuadrado con la mano que le da de comer, tener la habilidad de no cometer pendejadas ni en público ni en privado y en tal caso contar con alguien que pague los platos rotos, decir que uno no había sido o en el peor de los casos, que ahí no había estado. Matemáticas políticas básicas: la mitad de lo ganado va pa’rriba, la mitad de la mitad va pa’bajo, el resto es de uno. A esto súmele falta de respeto por el prójimo y de paso también por uno mismo y una abundante cantidad de hipocresía. Adjetivos más, adjetivos menos, el Calibos cumplía con el perfil.

La carrera política, aún al pinchurriento nivel preparatoriano, es de resistencia y no de velocidad y hay que emplearse a fondo en ella, después de todo, no deja de ser un peldaño. El primero, quizás, pero peldaño al fin y había que pasar por el para llegar al siguiente en donde hay mayores ganancias, mayor proyección, más poder aunque haya que dejar bastantes pedazos de alma en el camino. Martín Caballero, alias el Calibos había subido ese peldaño y estaba dispuesto a llegar hasta el final de la escalera. Aunque a veces esos peldaños viniéramos en forma de individuos.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

"Soy un ratón"


El Comandante Mendoza recuerda todos los programas de Law & Order, CSI y Bones, con sus respectivos métodos de investigación policial, que había estado mirando religiosamente los últimos años. En comparación pensó también en Belascoarán Shayne y su idea de que las huellas dactilares le suenan a producto para el cabello. Eso se acerca un poco más a su línea de pensamiento y acción. Terminó recordando el chiste en donde las corporaciones policiales de distintos países compiten para ver cual es la más rápida en encontrar un ratón en la selva amazónica y los polis mexicanos llegan con un elefante.

Exacto.

Se rió de sí mismo. No pudo menos que hacer eso.

Ante sí tiene un Honda color rojo sangre pichón lleno de pinchemil agujeros de diferentes calibres y la sangre de los dos pobres cabrones que iban en él. Pedazos de piel, cabello y hueso. Algo del vómito de un transeúnte que se había acercado a curiosear y que por mirón el estómago le cobró la factura.

Su escena del crimen. Por un momento esperó ver las tiras de cinta amarilla que la delimitan... se rió de nuevo.

Se puso a pensar en sus posibles líneas de investigación:

"¿Testigos? Nomás como cien güeyes entre automovilistas, peatones y ciclistas que estaban cerca del auto cuando lo carraquearon y que pa' pronto se largaron de allí dándole mayor solidez al mexicanísimo "nadie supo, nadie vió".

¿Huellas? No mames.

¿ADN? Le tengo miedo a esa madre desde que me pidieron una prueba de paternidad.

¿Cámaras de seguridad? Es mamada ¿verdad?

¿Registros de llamadas en los celulares de las víctimas? No, seguramente los del Servicio Médico Forense se chingaron la lana, joyas y demás valores de los occisos.
"

La raza se ha de reir de lo lindo cada vez que escucha la frase "línea de investigación". Las únicas líneas son las que cortan con la credencial del IFE.

Por radio le avisan que acaban de agarrar a dos pelados que habían robado una refaccionaria cercana. Ya está.

Ahí estaban sus elefantes.

Se iba a descolgar al lugar, no sin antes darle un repaso a su línea de investigación, dispuesto a aplicar su método detectivesco pensando que los cuicos de las series gringas son unos pendejos a los que únicamente les envidia lo buenas que están las mujeres policía en la tele gabacha.

En un par de horas enseñaría sus ratones.

Carne de Cañón I - Qué más da



Psicodélica alborada
con amantes entrenadas
preguntándome en silencio
¿en qué ciudad estaré?

- Babasónicos - Camarín

Ese viernes por la mañana parecía el marco ideal para un día perfecto. Había dormido a pierna suelta y bien acompañado. No podía recordar el nombre de la jovenzuela perfumada de la que se había hecho seguir a esa habitación mercenaria. Qué más da. Lo importante era que continuaba allí y él pensaba volver a hacer uso de sus servicios, si es que lograba despertarla..., aunque pensándolo bien, qué más da. La chica se encontraba profundamente dormida, víctima del exceso de alcohol, del exceso de crack y el desenfreno sexual de la noche anterior. Él sin embargo estaba despierto, con sus sentidos alerta y con muchas ganas de seguir celebrando. Tal era su estado de euforia. No sabía qué hora era. Se alarmó. No podía haberse quedado dormido, no hoy. Se apresuró a mirar su reloj y comprobó con alivio que aún era temprano, las 10 de la mañana. Bastante temprano considerando las altas horas a las que había llevado su festejo particular. Ni siquiera se molestó en despertar a su nocturna acompañante. Después de un nuevo y aburrido jugueteo (la próxima vez sí la voy a despertar), cubrió con las sábanas la desnudez de la muchacha para que su vista no lo distrajera y le impidiera comenzar siquiera éste, su gran día. Caminó descalzo hasta el baño, despacio, aún podía darse el lujo de la parsimonia. Abrió la llave del agua fría del lavabo de mármol blanco del espacioso baño. Todo el baño era de mármol. Casi el triple del tamaño que tiene su cuarto de baño allá en casa. "A veces" – pensó – "los cuartos de motel cuentan con lujos de verdad inútiles". – Llenó de agua fría las cuencas de sus manos y se las llevó a la cara, rasposa a causa de la barba sin rasurar de ese día y por tercera vez en lo que iba de su recién estrenada mañana pensó, qué más da. El Licenciado Calibos comenzó a dar por terminado oficialmente el festejo y comenzó a pensar en la importante cita que tendría ese viernes al mediodía. Fue apenas ayer jueves cuando por teléfono le avisaron que el Licenciado lo quería ver urgentemente. Mañana, (es decir, hoy, viernes) Rancho La Camelia, rumbo a Colotlán, a las dos en punto de la tarde. La hora de la comida. El Licenciado se quiere reunir con usted. "Casi nada" – pensó en tono triunfalista – "Nomás la crema y nata del Consejo General". A pesar de medir menos de 1.65, el Calibos alcanzaba perfectamente a darse palmaditas en su propia espalda. Iba desnudo aún cuando se asomó a la cochera de la suite para verificar que su guarura personal estuviera despierto. El pobre tipo estaba a la mitad de un monumental bostezo en el asiento delantero del flamante Ford Cougar rojo sangre pichón (le gustaba decir eso) cuando el Calibos le hizo una señal para que se acercara a donde estaba él. Encargó un opíparo desayuno y se volvió a meter a la habitación. La chica seguía dormida, qué más da. De hecho comenzó a pensar que era mejor así. Pasaría después a casa a ponerse un buen traje, no, mejor iría a comprarse uno nuevo. Se iba a presentar por fin ante el Licenciado, la ocasión lo ameritaba. Independientemente de las buenas referencias que le hayan dado al Licenciado acerca de él, no cabía duda de que la primera impresión es la que cuenta. Es un axioma irrefutable de toda relación laboral. Reflexionaba en el luminoso porvenir que le esperaba a partir de ese día mientras se afeitaba. Por estar sonriéndole a su propia imagen en el espejo, estuvo a punto de cortarse la mejilla el muy tarugo. Pareciera que al margen de la habilidad política que cualquier lidercillo estudiantil pudiera tener, el cometer estupideces formaba parte del currículum. Volvió a mojarse la cara con agua fría, aunque tal acción atenta contra un buen afeitado, para despejarse un poco la mente. No podía permitir que el exceso de euforia lo hiciera cometer alguna tontería más grave que la de cortarse al rasurarse. Sacudió la cabeza con energía y se dio a sí mismo unas bofetadas al más puro estilo aqua velva y se metió a bañar. La ducha fría lo dejó como nuevo. Después de comerse con sibaritismo la mitad del desayuno que le habían llevado a la habitación gracias a la gestión de su custodio, salió de allí a paso veloz y oliendo a jabón chiquito, con rumbo a adquirir un traje nuevo para su reunión con el Licenciado. El buen Calibos había olvidado a su fugaz compañera, dormida y además desnuda sobre la cama, por si fuera poco, dejó la puerta abierta. Después de todo, qué más da.

martes, 21 de septiembre de 2010

Ahora soy yo



Alguien se roba la luz,
alguien se roba tu perro.
Alguien se roba también
eso que estás escribiendo.
Alguien se roba tu nombre,
tu paz y tu tiempo.

- La Barranca - Día negro

El Licenciado Morales (¿o era Moreno?) había sido todo amabilidad en el teléfono, del trato meloso y zalamero que tanto detesto y que enciende de inmediato una luz de alarma en mi cerebro. Muy amable y cuidadoso en explicar los pormenores y detalles de la firma del contrato. Por eso tuve todo el cuidado de leerlo completo y con calma cuando el desgraciado me lo puso enfrente el día que nos reunimos en el café. Lo firmé rezando por no estar cometiendo un error y fue ahí cuando el Licenciado sacó el cobre, justo después de tapar parsimoniosamente su pluma fuente y recoger pudorosamente los papeles dentro de una carpeta. Habló de unos ajustes en las facturas en la parte de las deducciones. Terminaría por tener que devolverle más de dos mil pesos después de su dichoso ajuste. - ¿Porqué no me dijo eso antes de que firmara el contrato? - Pregunté tratando de no sonar agresivo. - ¿Habría firmado? - Fue su respuesta acompañada de una sonrisa cínica mientras se levantaba y me dejaba solo rumiando mi cabreo y además con la cuenta del café. Ahora soy yo quien hace gala de parsimonia sacando un cigarro de mi cajetilla, llevándolo a mi boca y encendiéndolo mientras me alejo lentamente del auto con todo y ruido de alarma en tanto que los caros asientos de piel son manchados por la sangre que emana de la sien del Licenciado Moreno (¿o era Morales?) mientras el ladrillo descansa rodeado de fragmentos de vidrio en su regazo.

jueves, 12 de agosto de 2010

"No se crean, ya la cagamos"

"Todo hombre es como la Luna:
tiene una cara oscura
que a nadie enseña."
-Mark Twain

No recuerdo con exactitud la fecha, ni siquiera el año, me gustaría hacerlo (¿primera mitad de los 90s?), pero recuerdo el evento y el lugar. Fue el legendario ROXY de Mezquitán 80 acá en Guadalajara. Había ido a ver un toquín de mi amigo Héctor Buenrostro con su banda LID. Mis saludos. Ese día se presentaron más bandas y en honor a la verdad la entrada no fue muy buena aunque podemos decir que fue aceptable, además era el Roxy. Palabras mayores.

Una de las bandas que se presentaron era PLASTA, que tenía a su vocalista Ilhuicamina (si sus papás pensaban en Moctezuma Ilhuicamina, quinto Huey Tlatoani, al nombrarlo entonces supongo que está bien escrito), en aquel entonces era una de las bandas subterráneas más prometedoras en Guanatos y esa noche fueron protagonistas de un acto que no creo olvidar nunca.

Les fue mal en su presentación, la raza pasó sentada su interpretación, estábamos aburridos. Los chavos de Plasta no lograban prender y ellos mismos se notaban desangelados. En una de sus canciones cometieron un error (yo no me había dado cuenta) y se detuvieron. Ilhui dijo: "Perdonen, fue una falla técnica", después hizo una pequeña pausa y añadió: "No se crean, ya la cagamos".

Fue la última vez que tuve una noticia de Plasta.

También fue la última vez que recuerdo haber visto a alguien aceptar un error en público.

La vida me ha dado la oportunidad de trabajar como consultor o asesor en mi calidad de profesional de la informática con gente que está inmiscuida en la política (espero que eso no signifique que yo también lo estoy, tengo una imagen que cuidar y muchos amigos que me gustaría conservar) y debo decir que se trata de un mundo fascinante e interesante, que no bonito, por lo menos para mi.

Me llama la atención que ninguna de esas personas se equivoca, ninguno comete errores. Ninguno la caga.

Me ha tocado estar en el equipo técnico que ayuda a estas personas a preparar informes y comparecencias y me consta que uno de los objetivos principales es no evidenciar un error, un trabajo mal hecho... mucho menos una transa.

Todos los días en la radio, en los periódicos, en internet y en la tv sigo los interminables escándalos en los que esa gente se mete, he escuchado las entrevistas que les hacen y los ataques de los que son objeto cuando alguien los llama a cuentas o les señala lo que esta mal y he sido testigo de la caradura y el cinismo del que hacen gala para escurrir el bulto, sacarle la vuelta a esas cosas con increíbles excusas, demagogia y una enorme sonrisa de oreja a oreja que les permita seguir luciendo bien en las fotos. Solamente les hace falta decir "me los estoy haciendo güeyes... ¿y qué?"

Cada semana hay fútbol en todos lados, alimento vulgar de la mediocridad mexicana (me castra pero ¡ah, cómo me merece comentarios!), cada jornada no falta el equipo que defrauda a sus aficionados y siempre, al final de cada partido entrevistan a uno o dos jugadores y a veces al técnico también. Usted diga si no: "jugamos bien pero no se nos dio el gol", "aunque perdimos hicimos un buen planteamiento", "fue mala suerte", "fue el árbitro", "fue la cancha", "fue injusto"...

Daría muchas cosas por escuchar algo parecido a: "No se crean, la cagamos"

¡Sería genial!

No me diga que no le gustaría...

Estamos rodeados de gente mentirosa que es capaz de vender a su madre antes de aceptar un error.

De matar antes de aceptar un error.

Aceptar una equivocación convierte a quien lo hace innegablemente en alguien responsable de dicho acto, y estas personas no se quieren hacer responsables ¿se da usted cuenta? son unos IRRESPONSABLES.

¿Usted y yo de qué seremos capaces? Digo, no todos somos políticos, ni deportistas ni figuras públicas pero estoy seguro de que también hacemos un mayor o menor esfuerzo por mantener alguna fachada o máscara. Yo no puedo decir que yo no sea así. Como todo mundo tengo un montón de defectos pero no voy a hablar de ellos aquí. Al igual que a usted, a mi quien me juzga es mi gente, mis alumnos, mis jefes, mis clientes pero ¿a estos sinvergüenzas quién? ¿quién?

Gente que nadie sabe que existe y que todo lo ve desde arriba pero ¿a nosotros qué?

Nosotros queremos ver sangre, je, la de ellos, claro está.

Pero creo que queremos más que hagan su chamba y que se responsabilicen de ella.

Yo no sé si fue por esa actuación en particular o porque ya venían arrastrando algún problema pero no volví a saber nada más de PLASTA. Siempre los recordaré como alguien que en público dijo:

"LA CAGAMOS"

Me gustaría recordar la fecha.

lunes, 2 de agosto de 2010

¿Siguen existiendo buzones?

Es, por lo general, de un modo sutil que hago indirectas y llamados de atención sobre la falta de reciprocidad a la hora de tratar de mantener comunicación con mis corresponsales. Creo que ya estuvo bien de sutilezas...

Qué poca madre.

Desde que era niño adopté el hábito de enviar cartas como una forma entrañable y cercana de comunicación; y por cercana me refiero no precisamente a cuestiones de distancia geográfica ya que esta forma de contacto nació precisamente para cubrir grandes distancias. Digo que era cercana porque era algo muy personal, abrir el sobre y coger el papel, doblado, arrugado o lisito, qué importa; saber que el ser querido había tenido ese papel en sus manos antes que yo era algo sabroso, no importaba si venían escritas con una excelente caligrafía, tinta, lápiz o crayola, algún borrón, quizás alguna lágrima o un exquisito perfume. No sé si siga existiendo gente que se siga comunicando así. Yo recuerdo haber tenido que escribir la carta, ir a la papelería a comprar timbres postales, elegir sobre color blanco o aéreo, conocer las reglas de escritura en sobre, remitente y destinatario. Caminar algunas cuadras para depositar el sobre en un buzón (¿siguen existiendo buzones?) con todas mis bendiciones para que llegara a su destino. Podían pasar días, semanas o meses para obtener una respuesta. Una partida de ajedrez a distancia podía llevarse muchísimo tiempo. Pero de algún modo tenía la certeza de que iba a haber una respuesta, tarde quizás; y sufría imaginando las peripecias de la correspondencia de ida o de vuelta. Pero eso no importaba tanto como el resultado final.

Era un arte.

Hoy la cosa no es tan artesanal y aunque no tiene la misma mística de la correspondencia tradicional uno puede, si se esfuerza, darle un toque personal a sus cartas, digitales y todo. Me considero alguien capaz de hacer de una relación personal algo cálido a través de internet.

Recuerdo la primera vez que impartí un curso de internet en el que tenía que explicarle a los bisoños usuarios de un tal proveedor del servicio lo que es el email. Cuando oprimíamos el botón send y yo les decía "la carta ya se fue" con un ademán de misterio a la espera de la consabida pregunta "¿cuándo llegará?" y las caras de asombro cuando yo decía triunfal "ya llegó".

Pensé y sigo pensando en el internet como una herramienta de comunicación chingonsísima. El hecho de contar actualmente con tantas herramientas para comunicarse con alguien: el mencionado email, las mil redes sociales, los miles de chats, el twitter, el celular, la conectividad entre la telefonía y el internet, los mensajes de texto me tiene convencido de que quien no se comunica es porque no quiere.

Mi mujer alguna vez me dijo que las amistades se deben de cultivar y me convenció. Sigo convencido, hasta llevé en algún momento un método para periódicamente tratar de comunicarme con todos ellos, sin que se me fuera a olvidar ninguno y aunque sea de vez en cuando escribirles y decirles "solamente para saludarte y saber que estas bien, te deseo lo mejor" pero honestamente me comencé a hartar de escribir como tarugo y obtener nulas respuestas. Creí ingenuamente que iba a lograr sembrar en una buena parte de ellos la necesidad de adoptar aunque sea de vez en cuando, el papel de remitentes.

Qué poca madre.

Sí, me molesta y me molesta mucho, me parece más que un simple capricho el pretender que alguien tenga la decencia de contestar un comunicado aunque sea para mandarme al carajo, lo preferiría a la ausencia total de respuesta. Esperar a que alguien tenga la iniciativa de comunicarse sin que yo lo haya hecho antes es demasiado iluso. Vaya, nadie tiene porque querer comunicarse conmigo a la fuerza, pero responder a un comunicado debería de ser educación básica ¿no? Tal vez sea un capricho ¿pero porque no sería respetable?

No todos mis contactos son así. Con muchos de ellos convivo más allá del internet, en el mundo real. Pero eso es otra cosa, con ellos no necesito artilugios modernos para comunicarme. Las personas a las que ya no veo en la chamba, en la escuela, con las que no convivo cotidianamente y me veo obligada a estar pendiente de la computadora o del celular para saber de ellos. Son muchos y la verdad me cansé de gastar tiempo y dinero tratando de estar en contacto. Algunos pocos por lo menos contestan los emails, aunque después olvidan redactar alguno que no sea una respuesta a una comunicación previa. Para que cuando alguna vez nos encontremos me digan con desfachatez "¡qué milagro!". Insisto, me cansé y el resultado es el natural alejamiento que he tenido con algunas personas, tal vez alguna vez los vuelva a echar de menos y sea mi responsabilidad una vez más retomar el contacto. Pero a muchos no.

Qué poca madre.

Qué poca madre tienen.


Me siento obligado a mencionar que hay personas contadas con los dedos de una mano a las que no les queda este reproche, honrosas excepciones a quienes prometo consentir más con la frecuencia de mis comunicados, ellas saben quienes son. Gracias mil!

REFERENCIA: Relato en el que trato el tema - > EL VERDADERO EMAIL