lunes, 14 de mayo de 2018

Buenoide materialista

Alguna vez vi a Phoebe y a Joey discutiendo sobre si de verdad existen las acciones altruistas. Totalmente desinteresadas. Phoebe afirma que sí, Joey Tribbiani dice que no. Para él, la simple satisfacción que una persona siente al realizar una buena acción es un beneficio obtenido a cambio de dicha acción y por ende, le hace perder todo valor de altruismo. Desde mi punto de vista, Joey tiene razón.

Aquí se me impone una reflexión: Las personas quieren que nos interesemos en ellas, pero a la vez, que lo que sea que les brindamos, sea de forma desinteresada... Vaya pedo ¿no?

Y yo me pregunto estas cosas hoy porque hay temporadas en las que el prójimo parece decidido a poner a prueba mi capacidad de abnegación, mi paciencia, y me hace cuestionarme si vale la pena poner en riesgo mi salud emocional.

Me gusta servir. Me gusta servir a mis seres queridos. Y podría decir que lo hago sin esperar nada a cambio, pero eso sería una puta mentira y estaría cayendo en una actitud que detesto, que es la de vestirse de bueno (buenoide materialista, diría Mafalda), o peor, de víctima.

La verdad es que hay una cosa que sí espero: Reciprocidad.

Y no estoy hablando de favores, y menos materiales. La vida me ha enseñado que casi siempre los favores se devuelven a otras personas diferentes a las que le hacen favores a uno en primer lugar. Estoy hablando de esas pequeñas pero importantes cosas que hacen llevadero el paso por este perro mundo, como el saludar, dar los buenos días, no desquitarse con quien no la debe con el maldito pretexto de no estar de buen humor, no contestar las llamadas, los mensajes y endilgarle a los demás la responsabilidad de mantener una relación personal. 

Ni siquiera con que me den, sería feliz si no me quitaran... y sigo sin hablar de cosas materiales.

viernes, 20 de abril de 2018

Did you understand me?

Acabo de recibir una llamada en la que se me pide urgentemente que me asome a ver un mensaje de whatsapp que me fue enviado hace tres minutos...

Creo que lo que quiero decir se explica solo.

Hace poco Lenny Kravitz estuvo en Guadalajara. En una de las canciones (Let love rule), el tipo se puso a divagar y a alucinar y a decirle a los asistentes cuál era su rollo aleccionador para la raza tapatía. Sin querer recordé a James Brown en su papel de Reverendo Cleofus en The Blues Brothers de 1980. Lenny parecía ministro, predicador, diciendo que qué malísimo pedo son todos por ser tan ávidos consumidores de tecnología celular, que qué mala onda por mostrarle el lente de una camarita en lugar de los ojos. "¿Sí me están entendiendo?", preguntó cuando muchos celulares seguían en alto grabando lo que decía. Y ellos, fans acérrimos, baratija en mano, solo gritaban eufóricamente pensando que Lenny estaba dando su bendición y continuaban grabando el regaño para la posteridad.

Sin embargo, ese afán de ser adorado de forma pura y sin intermediarios tecnológicos, no le quita nada de razón. ¿Qué objeto tiene el mantenernos voluntariamente exclavizados al lado del aparatejo? digo, también se me hace chingonsísimo lo que sea que abone a la buena comunicación, pero de eso a pretender que las personas poseedoras de un teléfono celular estén siempre al pendiente y que de inmediato se den por enterados de cualquier cosa que queramos decirles es lo que me hace cuestionarlo también.

En realidad perfiero a Lenny como cantante y showman que como reverendo.

miércoles, 4 de abril de 2018

La vida en rosa

Alguna vez tuve la idea de que ser un escritor era algo cosmopolita, bohemio y arrabalero y la verdad no sé si esas tres cosas pueden ir juntas y ahora me vale madres.... 
Lo que pasa es que ser cosmopolita... pues en realidad no sé qué demonios es eso... si de conocer muchos lugares se trata, pues sí, me encantaría hacerlo y hoy sé que eso está en mi mano, independientemente de lo que me dedique a hacer y de los recursos que tenga... y sobre ser bohemio y arrabalero pues... ¡ya lo soy! Aunque no me la viva en tertulias ni recargado en la barra de la cantina ni garabateando en el café, lo soy.

De modo que solamente tengo que revisar las ideas que tengo al respecto. Es decir, revisar si no estaba siendo yo demasiado idealista como para desperdiciar cosas chidas por no ajustarse a la idea que tenía yo del rol que quería desempeñar. En cierto modo yo estaba viendo la vida de color de rosa, sí, un color de rosa para la idea que tenía sobre ser escritor. Creo que estaba equivocado, hoy tengo otros pensamientos al respecto y creo que el día de mañana quizás haya evolucionado esa idea. En fin. 
Solo sé que con todas las cosas que hago, voluntariamente o porque la vida me hace ir por ese camino, aún así, soy un escritor y lo cierto es que ya he vivido cosas geniales por seguir mi pasión. Y sé que me esperan más cosas fabulosas.

Tengo un tiempo pensando que estoy cansado de quienes ven la vida de color de rosa y se pierden de las cosas que se les presentan que no se ajustan a esa idea, creo que lo que me cansa al respecto es que soy yo lo que no encaja en sus ideas.
Yo podría pensar que simplemente se trata de gente cursi, aferrada y necia... y sigo pensando que lo es. Es solamente que ahora pienso que hay muchos modos de ver la vida de color de rosa, o cuadrada, o circular o del modo que se quiera catalogar.

Una vez un contador que me dio un curso de estadística, no recuerdo su nombre (solo lo conocí por el curso de 10 horas), pero me dijo algo que no he olvidado: "Mucha gente piensa que los contadores somos cuadrados y quizás tengan razón. Yo pienso que todas las personas lo somos, lo único que cambia es el tamaño de nuestro cuadro..."

Ojalá recordara su nombre... por la sola frase se lo merece.

lunes, 26 de marzo de 2018

El canto del caracol

Caracol en el oído
su murmullo el anhelo
de escuchar ha traído
de la risa el sonido
y del sueño el desvelo.

Pero molusco ingrato,
solo me mostró el eco
de apremio cual mandato
para el necio cegato,
maleable y obceco.

Quise arrojarlo al mar
de él no volver a saber.
Y quise mirarlo volar,
en el aire verlo girar.
Y quise mirarlo caer.

Pero no osé lanzarlo.
Su continuo susurro
me hizo necesitarlo,
al cuello encadenarlo.
En sumisión incurro.

Consiguió con su sonido
que escuche con atención.
Lo tenga siempre asido
y muy cerca de mi oído
al tanto de su canción.

—Caracol (fragmento) — Carlos G Garibay
 

Ramiro Portela es un personaje lleno de achaques provocados por el estrés, vive sufriendo de úlceras, huyendo de la vitalidad de su mujer y soñando con que sus logros hagan triunfar a su jefe. Es un adicto al trabajo.

El Ramiro Portela que describo vive en 1996, pero si viviera en el 2018 creería ser muy feliz contestando los correos electrónicos que llegan a su buzón a las 3 de la mañana y muy pendiente a su wassap. Sería un completo miserable.

Pero el miserable Ramiro Portela no vive en 2018. Murió en 1996 cuando se dio cuenta de que su teléfono celular tenía una sola virtud: el botón de apagado.

Ramiro Portela en 2018 no es miserable, es feliz y ya no sufre de úlceras. Él vive.

Hace poco me dijeron que soy un business man, y cuando me lo dijeron inevitablemente me puse a pensar en las implicaciones de serlo y creérmelo y decidí que sí, lo soy. Que tengo que creerlo con certeza para poder tener éxito en ello en la medida que yo quiera. Pero he pensado que solo lo seré hasta cierta hora del día nada más. No quiero dejar de vivir. De hecho, el business man le estorba a la otra persona que vive dentro de mí: el bohemio que ama leer, la música, escribir, el basquet y vivir y sobre todo, convivir. Los continuos llamados de gente que quiere que resuelva sus asuntos, que piensa que las once de la noche y los domingos son excelentes horas para pillarme atendiendo el teléfono le estorban. Le ponen los nervios de punta y de pésimo humor.

Comencé a apagar el celular. Lo acabo de hacer este domingo y al contrario de lo que dicen las leyendas urbanas que hablan del estado de ansiedad que se sufre cuando a uno le quitan el teléfono, yo sentí una ligereza que no reconocía.

Pero no puedo ser hipócrita con esto. Me hice de otro canal de comunicación, sencillo y exclusivo para con quien sí quiero seguir comunicado. Porque existe quien le da propósito a mi deseo de comunicarme y son personas que puedo contar con los dedos que hay en mi índice derecho.

Los demás se pueden ir a la chingada.

Las personas que no descansan y no tienen apego por su paz y su tranquilidad, las personas a las que me paso la semana procurando y que no son capaces de brindar un poco de reciprocidad, las personas que se la pasan pretendiendo convencer, educar y hasta evangelizar vía grupos de wassap. No me gusta adular ni que me adulen, no me gusta presumir, no me gusta el fútbol ni los toros y no soy para nada religioso, por lo que la razón para estar en ciertos grupos de wassap no existe, pero la diplomacia hasta el momento me ha mantenido allí. Aunque cada vez me va importando menos y terminaré por mandarlos muchos kilómetros a la chingada también.

¡Salud!

lunes, 19 de marzo de 2018

Cachorros de buenas personas

"Probablemente en su pueblo se les recordará
como cachorros de buenas personas,
que hurtaban flores para regalar a su mamá
y daban de comer a las palomas.

Probablemente que todo eso debe ser verdad,
aunque es más turbio cómo y de qué manera
llegaron esos individuos a ser lo que son
ni a quién sirven cuando alzan las banderas."

—Joan Manuel Serrat —Algo personal

Los niños en edad escolar suelen ser crueles. De hecho los compañeros de generación acostumbramos recordarnos así: crueles. Aun si no lo hacemos nosotros mismos, hay personas que estarán allí siempre para hacerlo. En fin. Recuerdo al pequeño compañero cuyo padre era diputado charro del institucional. Nosotros, a esas tiernas edades ya sabíamos, o creíamos saber, la clase de calaña a la que su padre pertenecía, sabíamos que un político no es alguien de fiar, por lo menos los de ese equipo. Creo que no sabíamos lo que decíamos, por nuestra falta de sutilezas al respecto. Pensábamos que eran los malos y los otros los buenos, así, en términos de bondad y maldad. Ingenuos. No sabíamos entonces que los de todos los colores son unos cerdos bien nacidos. Aunque ciertamente no nos faltaba razón para pensar así de su papá, aunque sea por mero estereotipo. Resultaba evidente el ejemplo que teníamos en casa en materia de vituperios, pues aun sin otra noción política le hacíamos bullying diciéndole que su papá era un ratero. Así, con toda la saña de la que éramos capaces.

Pobre, pensaba yo. Ingenuo de mí. Recuerdo que él hacía esfuerzos indecibles para decirnos que no, que su papá no era ratero. Quizás cualquiera me diría que es un esfuerzo natural y loable para un niño defender a su papá de ser vilipendiado así por sus compañeritos de escuela. Pero no. Él, a diferencia de nosotros, sí estaba recibiendo un adiestramiento político en casa. Nos decía que no, que su papá no era ratero, que estaba trabajando en un puesto en donde "había dinero ai', nomas para que alguien lo tome, y que si no era él, sería alguien mas."

Hoy, a más de tres décadas de distancia, ese pequeño es poseedor de una carrera política profesional en el partido de la maistra. Definitivamente me sirve como ejemplo de que mucha de la clase política establecida institucionalmente ha sido convenientemente amaestrada en casa, chiqueada y provista desde temprana edad de prebendas propias del tráfico de influencias. Y tengo más ejemplos, pero será en otra ocasión.

De modo que piense cuando eduque a sus pequeños. Por lo que más quiera enséñeles a ser personas de bien y no la porquería humana que hoy ocupa lugares de poder.

jueves, 1 de marzo de 2018

El derecho a estar aburrido

"Aburrise en el momento adecuado
es signo de inteligencia."
—Clifton Fadiman

Alguna vez alguien te ha preguntado: "¿Te estoy aburriendo?" A mí sí, y fue en la desafortunada circunstancia para mí de que me encontraba en una reunión de trabajo con la otra persona y sentí la obligación de decirle: "no, para nada", aunque los cabeceos fueron los que me delataron y propiciaron en principio la pregunta. Quizás lo verdaderamente honesto era gritarle: "¡Me estás matando!"
¿Por qué uno no puede admitir que se está aburriendo? Yo me aburro como ostra en las reuniones de padres de familia en la escuela, en muchas reuniones de trabajo (casi en todas), la misa es un suplicio para mí. Sigo trabajando en mi técnica de viaje astral para tales ocasiones. A veces me siento como Charly Brown escuchando a su maestra, o como el perro de Bart Simpson cuando los humanos le hablan. ¿Qué tendrán en la voz algunas personas que actúa como un somnifero? ¿O será lo que dicen?
¿Por qué la responsabilidad de no aburrirme es mía cuando encuentro inútil lo que sale de la bocaza de las otras partes?
Yo soy una persona auditiva, resulta muy difícil para mí no poner atención a los sonidos que hay a mi alrededor. Por lo mismo, también es sencillo que el exceso de ruido me provoque una sensación de caos. Me refugio muchas veces en mis audífonos, pero resulta que desde que me hice aficionado a ellos, hace como 30 años, nunca he sentido que usarlos sea bien visto.
Hay personas que nunca en su vida me han hecho un mal, y sin embargo no las soporto por su tono de voz. Supongo que eso no está bien, aunque siempre he trabajado en ello. Hay personas cuya voz es como ruido blanco.
¿Por qué la gente se ofende cuando yo me estoy aburriendo de lo que dicen? ¿Es ego? ¿Piensan y estan convencidas de que lo que están diciendo es sumamente interesante y que a mí me debe interesar en igual medida? ¿Mis cabeceos o mis mal disimulados bostezos no son señal suficiente de que la estoy pasando mal? ¿Por qué entonces el majadero estoy siendo yo? ¡El que está sufriendo soy yo! ¿O de verdad se pensará que yo deseo pasar por esa clase de torturas?
Si por mí fuera, estaría ocupándome de mejores cosas. O mejor aún, dándome por vencido y durmiendo a pierna suelta.

lunes, 19 de febrero de 2018

Lepidópteras

— ¿A mariposear? —preguntó ella.
— No. No mariposear... cazar lepidópteras —respondió él mientras pensaba en Polo Polo y su chiste de las mariposas de colección a las que les abre sus alitas para ensartarles una aguja el muy guarro.
— Lepi... ¿que? —hizo ella su mejor cara de inocencia.
— Lepidópteras.
— ¿Y eso que es? —ella no tenía ninguna duda en que terminaría por convencerlo al hacerlo imaginar que se internarían juntos por el bosque con sendas redecillas y dando saltitos mientras perseguían a los asquerositos gusanos alados.
— Pues... son mariposas.
— O sea que vamos a mariposear —dijo ella mientras pensaba en su propia fría punta de acero y en el largo tiempo que había pasado sin hundirla en ningún otro cazador cazado.
— Es que dicho así... —comenzó a quejarse él, macho cuadrado y conservador, aunque mariposero, al que no le gustaban las posibles connotaciones de la palabra, pero que como buen convenenciero pensó que bien podría valer la pena— Venga pues... mariposear...

Capaz que se inventaba una nueva acepción... en cualquiera de los dos casos.